lunes, 10 de noviembre de 2008

Ella... (let me in the blues) VIII

Aquel domingo había pasado liviano y casi desapercibido como una caricia materna sobre un niño ya dormido.
Sin incidentes emocionales, había pasado intacto y era un buen augurio en el devenir de la semana.
Me había dado cuenta de que el domingo era un día crítico.
Ni bueno ni malo, decisivo.
Era un día distinto a todos los demás, había algo extraño, mágico.
Los sentimientos fluían sin límite, el orden era una tela delgada que cubría los pensamientos y las ideas desabrigadas se debilitaban.
La percepción se hacía más aguda, cobraba otras dimensiones
el aire tenía una fuerte carga de angustia que me hipnotizaba.
En ese momento estaba dispuesta a satisfacer mi dolor, a mi ella
a mi agónica niña dormida de llanto, desnuda de asombro, muda, quieta, casi invisible. Ahora ella se hacía presente, crecía para reclamarme, para quejarse, porque yo le había prometido y gracias a eso ella había dormido bajo la espera…
pero yo no había cumplido.
A los niños les encanta la crueldad pero son inocentes
y por haberla traicionado me castigaba obligándome a jugar con ella.
A jugar, a jugar! – me decía ofendida.
Yo no quería contradecirla porque entonces lloraba y lloraba
tan angustiada como un perro viejo y me daba miedo.
Miedo como mi propia soledad cuando se va el sol
y ahoga un grito constante, como golpes de cadenas que quieren liberarse
que quieren romper el silencio desesperadamente.
A ella no le gustaba el silencio, directamente no lo toleraba, no recreaba ningún espacio en blanco auditivo, por el contrario siempre había música en el aire, música como dibujos coloridos, esfumados, que ocupaban lugar en el ambiente.
Las palabras también rellenaban esos vacíos de silencio
creados por pensamientos muy espesos
ella lo notaba en las personas que hablaban de cualquier cosa
como dando manotazos de ahogados
desesperados ante el miedo de sumergirse en la soledad del pensamiento
en las amenazantes aguas de la incomprensión
queriendo reflotarse a sí mismos por medio de las palabras.
Ella no sentía que hablando se combatiera el silencio
por eso yo hablaba poco y la soledad era un lugar muy cómodo para ella.
Sobre todo los domingos cuando ya no había nadie a quien escuchar
yo iba dejando que la música se esparciera por toda la casa vacía.
La soledad era el estado mas preciado por ella
era también un sentimiento muy delicado que yo tenía que cuidar.
Los domingos eran los días de preferencia de la soledad.
Invadía el día entero con esa sensación de extrañamiento
todo volvía a ser cuestionado, la calma era un estado de reposo
de equilibrio entre el placer y el dolor.
Yo tenía que compensar los sentimientos
para permanecer en ese estado de satisfacción constante
y tenía que regular la energía de ella.
Esos días el placer podía desbordar hasta hacerme sentir dolor
o apreciar más belleza de la que estaba dispuesta a soportar
entonces sentir miedo o experimentar tanto dolor hasta disfrutarlo
y convertirlo en placer.
Dolor y placer
dos disfraces del mismo cuerpo
miedo inconmensurable.

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