lunes, 15 de septiembre de 2008

Ella... (let me in the blues) VI

Ese domingo la tarde estaba pálida y la Luna asomaba transparente como una uña.
Yo miraba el cielo a lo largo, tendida en el pasto, pensativa.
Contaba cuántos pájaros volaban y atravesaban mi visión.
Ese día Ella había estado triste por completo. Me había despertado a la madrugada temprano con la garganta llena de angustia.
Se preguntaba muy preocupada por qué no había podido enamorarse de ese hombre que sinceramente la amaba. Se preguntaba e inmediatamente se sentía culpable. No había podido sostener uno de los sentimientos más valiosos del ser humano.
No creía lo suficientemente en el amor? No se sentía merecedora?
Era un sentimiento desconocido para Ella. Mientras tanto, yo tomaba mate y miraba como los árboles iban tomando color bajo el sol de la mañana.
El amor existe pero no es como lo imaginás. Yo trataba de consolarla diciéndole que el amor era como el Sol, era una energía creadora más que un sentimiento de conquista y de posesión como el que él había tenido por Ella.
Yo había nacido gracias a esta energía creadora. Ella tenía que recuperar la esperanza para reconocer al amor porque formaba parte de la esencia de mi ser.
Estas palabras la tranquilizaban y tuvo ganas de salir a la calle. Camine hasta la habitación, saqué del placard un vestido blanco con flores rojas. Hacía calor y el vestido se deslizaba fresco sobre mi piel mientras me lo ponía. Fui hasta el baño, me miré en el espejo, tenía el pelo largo sobre la espalda y los ojos livianos, casi transparentes. Cepillé mis dientes y Ella me sonrió desde el espejo. Se sentía frágil pero tenía ganas de tomar aire, así que me puse unas sandalias y salí.

La calle no estaba muy poblada, pero los gorriones ya no estaban en sus nidos, el Sol los había convocado y ellos volaban y se intercambiaban entre los árboles del parque.
Ahí me iba a quedar, bajo la sombra de ese eucalipto viejo y robusto. Primero me senté, el crujido frágil de las hojas me recibió y al rato ya estaba recostada boca arriba como una hoja seca.
El Sol podía verme por entre las ramas, el cuerpo rendido al pie del árbol. Me espiaba entre los pedacitos de las hojas que se movían con la brisa. Sus rayos eran brazos ardientes que me abrazaban comprensivos, mientras Ella se cargaba con esa energía que le daba seguridad.
El Sol le inundaba los pensamientos, todo era calma. En ese momento estaba siendo habitada por él. Mi cuerpo era un túnel vacío, oscuro dónde él atravesaba dulcemente con su calor creando cada parte de mí, los pies, las rodillas, el estómago, el pecho, se hacían reales con la fuerza de su energía. La sangre brillaba bajo mi piel. Ella se sentía completa, era como estar en el útero materno, era feliz.

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